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24 de Octubre

Domingo, Noviembre 25th, 2007

La mejor forma de empezar sería un breve “hace unos días fui a una fiesta en casa de un amigo”.

Y después, hablar y hablar y hablar de todo lo que vi, qué hice, qué comí, cómo de bueno estaba el vino. Que tal vez hubo una chica o tal vez no, si me reí o me pasé la noche, en una esquina, aburrido.

Pero sería inútil escribir sobre algo que, una vez sucede, no hay forma de contar. Escribir, cuando se han ido ya los últimos y no quedan más que las manchas en el suelo y la casa por recoger, es desnudar la noche de toda su magia sin sentido. Estas cosas suceden para que podamos recordarlas entre risas y cervezas, quizá en otra fiesta, quizá con otros amigos.

Pero lo cierto es que todo empezó así, sin más, en una fiesta, en casa de un amigo.

Así que mientras escribo esto que en el fondo es para ti, imagínate un grupo de gente alegre y un poco borracha de más, la música muy alta y un salón en el que hay una conversación entre un puñado de personas que se difumina entre ruido de fondo y gritos. Y en un momento dado alguien dice “apagad la máquina infernal” y el corazón me pega un vuelco en el pecho y sin mirar ni dónde ni con quién, contesto “esa frase exacta es de mi madre”. Y que hubo risas y sorpresa y algo de supongo fingida indignación, y que me contestaron “Lo peor que le puedes decir a una mujer es que se parece a tu madre, ¿no lo sabías?”.

Me hizo pensar.

Recuerdo demasiadas pocas cosas de mi madre. Quizá los recuerdos que tenga más presentes sean los últimos, los instantes antes de morir, y no son demasiado agradables. Dicen que cuando recordamos a alguien lo hacemos con los rasgos y facciones de la última vez que los vimos. Y quizá por recordarla tendida en la cama del hospital se me escapen los recuerdos de todo lo demás, y que dejando la cabeza libre de esa imagen, y mi memoria en paz paso por la vida ignorando quién fue para mí, lo que supuso, y lo que la sigo queriendo.

No sé cómo serán las madres de los demás, la tuya, o cómo habrá sido la relación que cualquiera tenga o haya tenido con su madre. De la mía, recuerdo un torbellino emocional de enfrentamientos por lo cotidiano y un amor reñido que me haría despertar, durante toda nuestra vida juntos, la capacidad para apreciar lo que no puedo describir en otro término que no sea el de felicidad.

Supongo que todo el mundo llega a la misma conclusión tarde o temprano. La felicidad es un estado de gracia efímero que no solemos discernir hasta que ya se ha terminado. Un día, una mañana, abrimos los ojos en una habitación y huele a desayuno al despertar y tenemos la piel de nuestra vocación medio desnuda bajo un rayo de sol a nuestro lado y ahí está, en un momento, un fogonazo de perfección que, aunque en el momento casi nunca lo sabemos, tiene fecha de caducidad y nos impide saborear como debiéramos.

Supongo que fue su enfermedad, o la insistencia con la que mi madre decía que se moriría siendo joven, la que me hizo comprender que cada vez que la miraba o nos abrazábamos, que cada vez que me asombraba con un chiste demasiado inteligente con el que sonreíamos cómplices mientras alrededor todo el mundo seguía igual, podría ser el último o no perdurar; y en ellos aprendí a disfrutar de aquellos leves instantes en toda su intensidad.

Y cuando aparto de mi mente sus últimos días, descubro que prácticamente todo lo que queda son visiones y recuerdos perfectos y brillantes de aquellos instantes en que sabía que todo podría acabar. Allí queda su imagen, con aquellos ojos verdes que son míos y aquella inteligencia salvaje que me llegaba a admirar, y aquella certeza con la que descubrí que no es posible hacer eterno algo que dura un solo instante.

En ese oculto lugar de la memoria que reservo a noches como ésta en que la recuerdo reír, residen la mitad de mis canciones.

Por eso, cuando pienso en que esta tarde fui feliz, te habría dicho “cuánto me recuerdas a mi madre”.

Y la única verdad, que me dijeron en la fiesta de mi amigo, es que es cierto que las comparaciones son odiosas en cuestiones de maternidad; pero esta noche, entre tus brazos, pude disfrutar de uno de esos leves fogonazos que son casa, que son paz, que son hogar, y que por tiempo que pase y aunque no coincidan ni el tacto de vuestras manos, ni los ojos, ni las frases, ni los chistes, ni la voz, ni nada en general, me he sentido una vez más como en aquellos momentos de la infancia en que el mundo entero era contenido en un suspiro y unos brazos, y la certeza de un final.

Y que cuando termine de escribir estas líneas te habrás ido, y se abrirá camino otro día lleno de su normalidad, y en la memoria guardaré cada momento brillante y perfecto que, una vez más, tuve la suerte de compartir contigo.

Un cuento

Martes, Agosto 7th, 2007

Carnival Princess

Cuando miro atrás, dejando libres los recuerdos, viajo hacia unos tiempos en que la felicidad era el momento en que, cuando llegaba la noche, mi hermana y yo nos sentábamos al regazo de mi abuelo. En los meses en los que el frío nos impedía salir a jugar, nos sentábamos junto a la chimenea de su hogar, y nos contaba cuentos. Pasábamos horas así, sentados bajo aquel ventanal, mientras él iba tejiendo historias con la imaginación y nos llevaba de la mano de aquella voz profunda a un universo en el que nos enseñaba su mitología particular y, en días como hoy, en que la lluvia golpea contra el cristal y es mi hija la que me mira con ilusión en esta habitación, no puedo más que dejarme llevar y contarles de aquellos mundos que parecían no tener final, de cuando yo era pequeño.

- Papá, me dice justo antes de dormir, cuéntame un cuento…

Y yo, con la memoria de aquellas tardes de invierno y una voz que me recuerda demasiado a la de mi abuelo, empiezo a contar…

****

Miraba el mundo escondida detrás de su máscara de porcelana para que no le hicieran daño. Porque en el interior del pecho, un corazón de un cristal tan frágil que un suspiro podría quebrar, amenazaba cada día con clavársele entre los pulmones y matarla.

Era una máscara tan perfecta que le anulaba el brillo azul de mediodía de sus ojos. Que engullía en su fachada hasta el último rincón de su tristeza y soledad, dejando al aire un rostro de serenidad perfecta.

Ella era la hija del rey, princesa en una tierra bendecida por un sol que nunca habría de tocarle el rostro. Heredera de un reino más allá de las montañas que recibía el nombre de Verano; un pequeño territorio fértil y de gentes tranquilas y apacibles cuyo único temor eran los escasos días de lluvia que, tras la estación de la colecta, amenazaban con tornar aquellos campos siempre verdes en un territorio hostil donde tan sólo el llanto era capaz de abrirse paso.

Sus gentes creían, aún abandonada la inocencia de la juventud, que si aquellas lágrimas del cielo alguna vez llegaban a tocarles, nada podría jamás arrebatarles de su corazón el poso de la soledad y la añoranza.

Por las noches, sentados al amor de una pequeña lumbre, se escuchaba por doquier el suave murmullo de los cuentos susurrados al oído de los niños. Éstos aprendían así de aquellos desafortunados a quien la lluvia convertía en desapacibles solitarios.

Y de aquellos que una vez lloraron.

Y entre risas y el calor de las hogueras, a temer al trueno y el relámpago, al viento que con fuerza agita el bosque y presagia la llegada de la lluvia. A reconocer el lejano batir del mar y correr con rapidez bajo resguardo.

Había oído cien veces cada uno de estos cuentos. Y pasaba largas horas al silencio de su habitación, esperando. Algo en su interior se revolvía cada vez que sentía acercarse la tormenta hasta Verano. Y, cuando estaba segura de que nadie la podía ver, apartando a un lado un cabello que oscilaba entre el broncíneo y el dorado, apoyaba la mejilla en el cristal de la ventana de su cuarto. Para sentir el frío. Para escuchar las gotas como ríos deslizándose sobre el cristal, dejando que sus labios susurrasen a su vez palabras de ánimo.

Al viento le decía Sé que no eres cruel. Que es sólo un lamento que aquí nadie puede comprender. Y llevas demasiado tiempo esperando.

Pero no era capaz de deslizar el postigo y ofrecerle a un cielo que caía sin consuelo el tacto cálido de su perfecta mano.

Para algunos, la princesa era un ejemplo de la perfección. Una sonrisa amable le peinaba un rostro que hacía soñar a los muchachos de su edad, y hacía despertar deseos de juventud a los ancianos. No había un sólo hombre en Verano que no hubiera suspirado en el silencio de la soledad por un saludo dibujado en la brisa rosada de sus labios.

Y eso la hacía sentirse sola y lejos de la realidad. Estaba fatigada de todos aquellos hombres que, sin haberla escuchado hablar, sin haberla ni siquiera preguntado por sus sueños o ilusiones, venían a pedirle acompañados de su padre, el rey, la mano.

Mientras, soñaba con un mundo en que llover no fuera motivo por el que guardar silencio y soledad. Un mundo en el que el viento acariciase el rostro y el sonido de las hojas agitándose inquietas en las copas de los chopos y los robles fuera una invitación para adentrarse un poco más en la vereda del corazón. Un mundo en el que no estallasen en su pecho unas incontenibles ganas de llorar, en el que no hubiera necesidad de maquillarse cada una de las mañanas una sonrisa como de cristal y masticase cada lágrima en silencio hasta perder el brillo azul de mediodía que pugnaba por la noche por desbordarse tormentoso desde sus pestañas.

Un día que había amanecido gris,sentada junto a su ventana para contemplar la lluvia al buen cobijo del cristal, un joven desconocido y empapado le clavó desde los jardines del castillo unas pupilas verdes que la hipnotizaron. Llevaba entre sus brazos un pequeño zorro herido y, sin separar un sólo instante aquellas pupilas de las suyas lo dejó bajó su habitación con un mensaje que aunque no llegaba a oír, leyó en sus labios.

- Acoge este animal antes de que la furia del viento lo lleve consigo.

Y sin decir una palabra más, trepó con agilidad los muros del castillo y se perdió entre la distancia y la oscuridad buscando lo más profundo de la tormenta en su camino.

Así lo hizo. Cuando comenzó a llover sus manos todavía se movían con delicadeza sobre el lomo del animal, que temblaba de miedo y frío. Afuera, con el ruido inconfundible del cerrarse de las puertas del castillo, las praderas verdes se batían contra el viento y el monzón, ahogando bajo un manto gris cualquier otro sonido. Pequeñas perlas de sudor recorrían su frente mientras una por una, iba limpiando las múltiples heridas del animal, y le cantaba una canción para ahuyentarle de la oscuridad de la noche.

- Ya está- se dijo. Estás curado, pequeño amigo.

Allí donde ella fuera, durante los siguientes días, el zorro caminaba silencioso tras sus pies, agradecido. No volvió a ver al joven en su jardín, a pesar de que cada tarde volvía a su ventanal buscándole con la mirada hacia el bosque y el infinito.

Y volvió a llover. Y cada vez que el agua golpeaba los cristales, el zorro contemplaba la lluvia desde la habitación y, con delicadeza, apoyaba las patas en la ventana mientras sollozaba intranquilo. Ella supo al instante qué debía hacer. Bajó en silencio hasta el portón procurando no dejar ni un sólo centímetro de piel al aire en el que pudiera depositarse la más pequeña de las gotas. Aún era pronto para descubrir si era verdad cada palabra que los padres contaban frente a la hoguera a sus hijos. Deslizándose sigilosa se acercó hasta la puerta del desván, donde sabía que nadie podría verla y, abriéndola tan sólo una rendija, dejó escapar al animal de su regazo hacia la noche y el vacío.

El zorro dio unos pasos bajo el agua y se volvió una sola vez para mirar atrás. Algo en sus ojos penetraba más allá de la reinante oscuridad y, bendiciendo el agua que volvía de nuevo a acariciar su piel, desapareció con parsimonia hacia la sombra que proyectaban los muros del castillo. Y, justo cuando cerraba la puerta de nuevo, un susurro detrás de su piel paralizó aquellos tablones de madera a medio camino del silencio.

- Espera…

Y esperó. Y la sombra de la pared cobró la forma de un muchacho pálido y muerto de frío, y unos ojos verdes como el mar que la observaban encendidos.

- No atravieses el umbral… la lluvia te transformará. Pero podemos hablar aquí mientras el mundo sea triste y del gris azul que tiñes cada día tus pupilas, y el agua me empape la piel y el corazón. Hablémonos ahora que tenemos tiempo…

Y hablaron. Hablaron durante tanto tiempo que la noche pareció estirarse días completos. Hablaron de corazón a corazón. Hablaron de sus sueños e ilusiones. De sus miedos. De sus vicios. De las cosas que les hacían reír o buscar la soledad. De las palabras que ocultaba el viento en su regazo. Del mensaje oculto entre las ramas de los árboles. De la herida del animal. De las máscaras para ocultar las sombras y las luces. Del azul del cielo y el verde del mar. De los quehaceres del castillo y de la vida de los bosques. Y, cuando la lluvia comenzó a amainar, cuando la noche dejó de ser noche, el muchacho desapareció con la promesa de encontrarse cada vez que el miedo a la tormenta hiciese a las gentes de Verano ocultarse tras las hogueras y los cuentos y el cristal.

Y así lo hicieron.

Nunca le pidió el muchacho que cruzara aquel umbral, ni fue a buscarla si la lluvia no le acompañaba como mensajero. Durante meses, ambos esperaban el momento en que los pocos días de lluvia pudieran devolverles a su mundo de privada realidad, en el que hablar quedaba más allá de todo lo que les pudiera deparar un mundo que les separaba a ambos.

Pronto dejó sus ojos sin pintar. La máscara que le cubría el corazón se fue desvaneciendo. Su padre el rey la contemplaba hermosa como nunca lo había hecho. Y así también lo hicieron todos los hombres de la región, que cada día la colmaban con regalos y vana conversación con la esperanza de encontrar un hueco en su corazón, sin éxito…

Y con el paso de los meses, volvían de nuevo las lluvias y aquellas palabras y aquellas noches que se podían estirar más allá de donde parecía concebible el tiempo… y el muchacho le habló de su región. Un lugar bello y pálido como el cristal, donde todo era nieve y hielo y las gentes eran buenas de corazón y le tenían miedo al sol, porque en aquellos días el frío podía llegar a ser tan atroz que congelaba los cuerpos por dentro sin que nada pudiera remediarlo.

Le habló del día en que quiso vivir el sol. Y del momento en que estuvo a punto de morir de puro frío en el corazón, y que corrió desesperado en busca de un calor que pudiera evitar que se le escapase la vida de entre las manos. Le habló del zorro que encontró congelado y abatido entre las nieves justo en la frontera en que el cristal dejaba paso a un campo verde y vivo como jamás habría imaginado. Y del momento en que la vio sentada al refugio de aquel cristal.

Y de cómo, entonces, todo en cuanto creía cambió. Y lo incapaz que se volvió de no buscar de nuevo aquel refugio del calor. Y deseaba que no viviera en ella la sensación de vivir en un punto intermedio entre Verano e Invierno. En que la alegría de los días dejó de ser aquel paisaje nevado y perfecto, para convertirse en la sensación que le aguardaba en los días previos y el camino hacia el encuentro…

Se despidieron. Vino de nuevo el sol, y con él los reyes alegres y los pretendientes casaderos, y la monotonía de unos días en que todo parecía rebosar de una alegría interior que la princesa ya no compartía ni en la superficie de sus ojos. Así que el día en el que hacía más calor, llevando en su regazo las ropas que le proporcionasen el mejor de los abrigos, partió a buscar a aquel muchacho y aquella promesa desconocida que llevaba el nombre de un país extraño y gris, e imperio del frío.

Más allá de los bosques que la vieron crecer, encontró unas montañas en cuya cumbre reinaba el hielo. Y se paró en el camino a recoger una corona de flores que trenzarse en el cabello. Pensaba con tanto ahínco en el muchacho y aquellos momentos de conversación que no vio acercarse las nubes a lo lejos. E ignoró la voz del viento. Y la embrujó el sonido de las hojas en las copas de los árboles, y llovió, y dejó que el agua la empapase hasta los huesos.

Jamás me he sentido mejor, pensó. Y sin embargo, algo cambió por dentro. Un mal presagio. Un leve crujido dentro del pecho. Y a medida que ascendía la sintió las lágrimas en su interior, y nada pudieron hacer para evitar el llanto durante años contenido el furioso galope, las montañas nevadas, el palacio de hielo que encontró ni la figura que le esperaba ante aquella puerta con los brazos abiertos.

- Te he visto llegar, llevo meses mirando por el cristal esperando que pudiéramos vernos…
- Y yo… te he echado tanto de menos…

- ¿Por qué, entonces, el llanto?
- Porque tendré que volver, y el viento hacía caer las hojas de los árboles, y tengo frío, y era todo tan hermoso y todo aquí me parece tan frío y está tan muerto…

Y así pasaron la vida desde entonces los dos. Partidos por la mitad, esperanzados o tristes a un tiempo, buscándose cuando podían para compartir su corazón a medio camino entre Verano e Invierno.

****

¿Sabes ya, hija mía de quién habla esta historia de sol y lluvia, y de viento y hielo?

- ¡Claro, ella se llamaba Primavera! Y él tiene que ser Otoño, ¡¡qué fácil!!

… Sé que por muy lista que sea Beatriz, y por muy contenta que le dejen mis cuentos, no serán jamás los de mi abuelo. Pero sólo por ver esa sonrisa dibujada en sus pequeños ojos azules cuando se tumba frente a mí y espera que le dé las buenas noches con una historia y un beso, compartimos un momento en que no hay nada más y, sólo por eso, paso los días buscando algo que le pueda contar y que, sin caer en una frase típica, le haga saber todo lo que la quiero.