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Letanía

Martes, Abril 29th, 2008

 

Nunca sabré qué viste, y qué no supe darte. Se me escapan sin remedio los recuerdos, no de la forma en que perece o se transforma la memoria cuando la buscamos disfrazados de la más oscura soledad si no de aquella otra más perversa, de tinte callado y firme, que hace que se desdibuje el cuadro de tu rostro o de tus manos o tu risa o tu calor y te convierte en una furia de retales que ya no eres tú, si no los ecos de un contorno de unos labios o aquellas pupilas casi siempre enormes en tus ojos, y para buscarte he de esforzarme por recomponer, como aquel que encuentra los despojos de una flor, tu imagen recorriendo cada uno de aquellos trozos, cada pétalo que nunca acabo por poner en su lugar y que te deja deformada y triste, una flor seca en el salón, una fotografía que envejece, amarillea y pierde nitidez.

Y sin embargo estás allí en alguna parte y ese simple argumento es sin dudarlo el punto más difícil. El saber que estás pero que ya no tanto, ya no aquí salvo en el pecho roto que te busca y recompone como una oración, cada retal y cada flor y que agotado busca en un sollozo el alivio sutil de darse por vencido, de dejarte marchar y emborronarte en un paseo inevitable hacia el olvido, el saber que nunca volverán las fotos a colorearse, los retales a formar de nuevo un gran telar o la memoria a poder encontrarte como fueras justo antes del final, completa y fascinante, tangible y no como un espíritu difuso que se pierde allá a lo lejos o si tal vez sea acá la lejanía como aquel problema del viajero de tren que siente que es el mundo el que se mueve y no al revés, que ve cómo a su alrededor viajan los árboles y el tiempo. Y acaso la duda de ser yo el viajero del tren o aquel que queda en el andén sea en sí mismo lo más triste. Que la física (aquella de los cuerpos que por un lado se atraen o se repelen en función de su campo magnético) depende de si somos la estación o la cafetería del tren, pero su resultado matemático es inevitable y se llama distancia y se llama creciente y se resume en un número sobre un papel y acaso sea ya una cifra demasiado grande.

Nunca sabré, decía, qué fue lo que viste o qué no supe darte. No puede resolverse como la matemática precisa de este olvido atemporal, no hay ecuaciones que describan esa física de cuerpos que se alejan y se atraen, no hay un papel o un número exacto al que quitar o poner si el resultado no nos gusta por pequeño o demasiado grande. No hay una cuenta sobre la que hacer balance de un tú y yo, sólo un silencio sordo y también enorme y aterrador como los grandes miedos que son siempre indefinidos y por tanto inabarcables, como el miedo al olvido o a la soledad en la vejez y así pasan los días y se muere cada instante, cada pétalo, cada detalle, cada voz.

 Y si me esfuerzo por recordarte, no de la forma en que se acuerda el corazón (que nunca olvida) sino de aquella que consiste en visitarte con los ojos o los dedos o el olor, no queda mucho ya con que atraparte y lo lamento tanto, amor, porque te busco pero salvo en el corazón, no tengo forma de encontrarte.

Life just happens

Miércoles, Enero 9th, 2008

Sigo aquí.

Escondiendo tras mis pasos viejas inquietudes y algunas demasiado recientes heridas; nuevos lastres de un sencillo y agradable pasear sin demasiado ánimo por escurrirle los colores a la vida.

Hoy por fin se me han revuelto las entrañas con las ganas de escribir.

He pasado la tarde limpiando la cámara, organizando mis fotografías.

Hoy parece que le he conseguido limpiar por fin el polvo a este cansancio vital y quiero prometerme a un mundo en el que quepan otra vez los sueños, las historias, las imágenes y un poco más de aquello que llamaba vida.

Y es que aunque no quiero quitarle su importancia al pasear, darse un descanso o un respiro, y un “ya llegará”…

esa nunca será la forma que quiero que vistan mis días.

La solución era bien simple

Domingo, Noviembre 25th, 2007

He vuelto.

He vuelto porque es completamente inútil que por no escribir pretenda arrancarte de entre mis entrañas.

No puedo.

No te puedo.

Estás aquí como estuvieron siempre, dentro del pecho, todas las palabras.

El sueño americano

Jueves, Septiembre 13th, 2007

Yo no sabía que había comprado el sueño americano.

Nunca quise irme a conducir un viejo Cadillac por la ruta 66, ni soñé con pedir tartas de queso con arándanos en un motel en que una despampanante y rubia camarera me pusiera un café, negro como la noche, vestida de uniforme rosa y una chapa que rezas Nancy en letra dorada.

Nunca he querido ser agente o corredor de bolsa. O deportista. O militar. Nunca he creído en el Servir y proteger, los donuts, la comida rápida, los interminables rascacielos de Manhattan. Ni vivir acomodado en Frisco. Ni ser actor, vivir en Hollywood, salir en prensa rosa del resto de un mundo que contempla mi país como lo más insigne de un Imperio Romano.

Y sin embargo, lo compré.

Lo compré cuando vi La Princesa Prometida por primera vez. Cuando me reía viendo Dirty Dancing con mi hermana en el salón y cantábamos con Patrick Swayze de fondo.

Lo compré con Kevin Costner y su Robin Hood y cada beso que le dio a su Marian. Lo compré hasta con el cine independiente cuando terminé con Buffalo 66 y no me pareció una historia de locos. O con la Guerra de los Rose y aquel momento en el que Michael Douglas, justo antes de morir, le daba a Kathleen Turner la mano. Incluso con Indiana Jones y su millón de escenas de héroe fanfarrón con su sombrero y látigo.

Sin darme cuenta me creí que la vida era un poco así. Una historia especial, un gran amor, unas dificultades. Y ya podían pintar alrededor diez mil adornos en forma de balas, mafiosos, bombas nucleares, un pasado atormentado o una falta de memoria, un tonteo con las fuerzas del mal o un paisaje simplemente desordenado que daba igual.

Que no importaba cuánto hubiera que saltar en traje y zapatos, llegaría. Que tendría una escena perfecta bajo la lluvia en un portal. Que el amor podría llegar a ser un poco más que un par de besos robados.

Todo me daba igual porque la clave estaba ahí. Ser alguien al que se pudiera recordar. El especial. Incluso el raro. Bastaba con tener las cosas claras e intentarlo un poco más. Porque es en la desesperación en la que los auténticos héroes salen victoriosos. Porque de las historias cotidianas nadie puede llorar emocionado con el final. Porque en el cine las cosas acaban bien, y ese exactamente había sido el sueño que había comprado.

No le salió mal a Jason Bourne, ni a Indy, ni a Peter Parker. Incluso Carlito Brigante, a pesar de morir, lo hizo con tal sentido poético que dejaba el episodio hermosamente cerrado.

Para qué tener las cosas fáciles, para qué no luchar. Es mi película, pensaba. Y acabaré ganando.

Pero llega un momento en que te paras a pensar, y dejas de creerte que saldrás airoso cada vez que intenten atracarte. Que te curarás de toda enfermedad que contrajiste en un viaje por África en el que fuiste simplemente demasiado descuidado. O que la chica de tus sueños acabará sus días escuchando tus poemas en la oscuridad, tan cerca del oído que lo roces con tus labios.

Llega un momento en que hay que darse cuenta de que no se puede construir el mundo a base de ilusiones y poemas y pequeños tesoros que regalar; porque a tu alrededor la gente ya no cree que puedan vestirse los amaneceres de un color extraño. Que se pueda soñar con alguien con quien nunca se ha encontrado y saber exactamente cada giro que su voz pueda llegar a dar. Que pierdes el tiempo cuando tratas de convencer a alguien de por qué después de meses sigues con el corazón acompañándole en su sombra a todos lados.

Nadie cree ya en la magia infantil de un Peter Pan. Nadie sueña con un reencuentro como el de Finnegan y Estella al final de Grandes Esperanzas. Son sólo buenas historias con las que sonreír y recordar; pero tarde o temprano llega un punto en el que aquellos que qusieron comprar su Cadillac descubren que no había posibilidad. Y que por cada Jason Bourne o Indiana Jones o Finnegan o Estella o Westley o Buttercup hay tanta gente que no es otra cosa que normal que deja el sueño de lado.

Y yo, tonto de mí, aún me veo en cámara impersonal escribiendo a media luz mientras la lluvia cae en el tejado y, de fondo, alguien toca el piano.

Aves Nocturnas

Domingo, Septiembre 9th, 2007

Bubo Bubo

Acostumbrábamos a sonreirle al naranja de las farolas, dejábamos que nos llevase de la mano aquella sensación desdibujando las esquinas de las calles y las piedras que pisaban nuestras botas. Perdíamos ambos la razón besándonos fugaces a la sombra de cualquier portal a ojos cerrados y con las manos, siempre atentas, moldeándonos la espalda.

Fueron tiempos fugaces para tan escasas horas. Tú sabías que se nos habían escapado de las manos antes de que yo me hubiera dado cuenta de que se acercaban y, quizá por eso, cada vez que nos perdimos en una masa informe de labios y cuerpos fue una despedida que no supe ver.

Para mí empezaba el mundo cada vez que se te abrían las pestañas al parpadear. Para ti cerrar los ojos era el símbolo de un sueño que se agotaba.

No nos hacía falta nada más que el cielo oscurecer, y desplegábamos las alas.

Aún parece que fue ayer, y mientras espero a que llegue mañana con sus farolas y sus sombras y sus luces y sus manos que encontraban cielos donde se esperaban piel, busco en silencio aquella silueta recortándose por las esquinas y las piedras que nos vieron desaparecer.

Y aunque a este oído sólo llegan los ecos de la sombra de un recuerdo que pasea por mi espalda, mis ojos se pierden cada noche en esta oscuridad, sobrevolando calles y tus labios sin pensar que cada paso busca un rastro que no volverán a ver tus alas.

Back to life

Lunes, Agosto 6th, 2007

Volvemos. Cambios en el diseño, el nombre del blog, y la manera de expresar las cosas. Pero lo cierto es que volvemos. No puedo pasar sin la necesidad de escribir y, la verdad, es que no puedo negar que me gusta compartir con alguna gente las cosas que escribo. Empiezo más o menos desde cero, y de nuevo sin tener demasiado claro qué, aparte de los relatos y demás, pueda contaros. Así que una vez más, allá vamos.

He deshabilitado, por defecto, los comentarios. Pensamientos que son muy afines a lo que podéis leer en este artículo, (en inglés) , han hecho que opte por el silencio para evitar por un lado el spam (que últimamente es una auténtica plaga) y el que, sin llegar a serlo, tampoco aporta sentido alguno a lo que se ha escrito. En cualquier caso, para aquellos que me habéis leído y lo disfrutáis, aquí llega una nueva edición de mis historias con el deseo de que, claro, os gusten a todos. Y si en algún momento queréis comentar algo, no dudéis en enviar un email -que para eso está-, que siempre estaré encantado de leer y recibir… o de dejar una firma en el libro de visitas, aquí.

Bienvenidos.