24 de Octubre

La mejor forma de empezar sería un breve “hace unos días fui a una fiesta en casa de un amigo”.

Y después, hablar y hablar y hablar de todo lo que vi, qué hice, qué comí, cómo de bueno estaba el vino. Que tal vez hubo una chica o tal vez no, si me reí o me pasé la noche, en una esquina, aburrido.

Pero sería inútil escribir sobre algo que, una vez sucede, no hay forma de contar. Escribir, cuando se han ido ya los últimos y no quedan más que las manchas en el suelo y la casa por recoger, es desnudar la noche de toda su magia sin sentido. Estas cosas suceden para que podamos recordarlas entre risas y cervezas, quizá en otra fiesta, quizá con otros amigos.

Pero lo cierto es que todo empezó así, sin más, en una fiesta, en casa de un amigo.

Así que mientras escribo esto que en el fondo es para ti, imagínate un grupo de gente alegre y un poco borracha de más, la música muy alta y un salón en el que hay una conversación entre un puñado de personas que se difumina entre ruido de fondo y gritos. Y en un momento dado alguien dice “apagad la máquina infernal” y el corazón me pega un vuelco en el pecho y sin mirar ni dónde ni con quién, contesto “esa frase exacta es de mi madre”. Y que hubo risas y sorpresa y algo de supongo fingida indignación, y que me contestaron “Lo peor que le puedes decir a una mujer es que se parece a tu madre, ¿no lo sabías?”.

Me hizo pensar.

Recuerdo demasiadas pocas cosas de mi madre. Quizá los recuerdos que tenga más presentes sean los últimos, los instantes antes de morir, y no son demasiado agradables. Dicen que cuando recordamos a alguien lo hacemos con los rasgos y facciones de la última vez que los vimos. Y quizá por recordarla tendida en la cama del hospital se me escapen los recuerdos de todo lo demás, y que dejando la cabeza libre de esa imagen, y mi memoria en paz paso por la vida ignorando quién fue para mí, lo que supuso, y lo que la sigo queriendo.

No sé cómo serán las madres de los demás, la tuya, o cómo habrá sido la relación que cualquiera tenga o haya tenido con su madre. De la mía, recuerdo un torbellino emocional de enfrentamientos por lo cotidiano y un amor reñido que me haría despertar, durante toda nuestra vida juntos, la capacidad para apreciar lo que no puedo describir en otro término que no sea el de felicidad.

Supongo que todo el mundo llega a la misma conclusión tarde o temprano. La felicidad es un estado de gracia efímero que no solemos discernir hasta que ya se ha terminado. Un día, una mañana, abrimos los ojos en una habitación y huele a desayuno al despertar y tenemos la piel de nuestra vocación medio desnuda bajo un rayo de sol a nuestro lado y ahí está, en un momento, un fogonazo de perfección que, aunque en el momento casi nunca lo sabemos, tiene fecha de caducidad y nos impide saborear como debiéramos.

Supongo que fue su enfermedad, o la insistencia con la que mi madre decía que se moriría siendo joven, la que me hizo comprender que cada vez que la miraba o nos abrazábamos, que cada vez que me asombraba con un chiste demasiado inteligente con el que sonreíamos cómplices mientras alrededor todo el mundo seguía igual, podría ser el último o no perdurar; y en ellos aprendí a disfrutar de aquellos leves instantes en toda su intensidad.

Y cuando aparto de mi mente sus últimos días, descubro que prácticamente todo lo que queda son visiones y recuerdos perfectos y brillantes de aquellos instantes en que sabía que todo podría acabar. Allí queda su imagen, con aquellos ojos verdes que son míos y aquella inteligencia salvaje que me llegaba a admirar, y aquella certeza con la que descubrí que no es posible hacer eterno algo que dura un solo instante.

En ese oculto lugar de la memoria que reservo a noches como ésta en que la recuerdo reír, residen la mitad de mis canciones.

Por eso, cuando pienso en que esta tarde fui feliz, te habría dicho “cuánto me recuerdas a mi madre”.

Y la única verdad, que me dijeron en la fiesta de mi amigo, es que es cierto que las comparaciones son odiosas en cuestiones de maternidad; pero esta noche, entre tus brazos, pude disfrutar de uno de esos leves fogonazos que son casa, que son paz, que son hogar, y que por tiempo que pase y aunque no coincidan ni el tacto de vuestras manos, ni los ojos, ni las frases, ni los chistes, ni la voz, ni nada en general, me he sentido una vez más como en aquellos momentos de la infancia en que el mundo entero era contenido en un suspiro y unos brazos, y la certeza de un final.

Y que cuando termine de escribir estas líneas te habrás ido, y se abrirá camino otro día lleno de su normalidad, y en la memoria guardaré cada momento brillante y perfecto que, una vez más, tuve la suerte de compartir contigo.

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