El sueño americano
Jueves, Septiembre 13th, 2007Yo no sabía que había comprado el sueño americano.
Nunca quise irme a conducir un viejo Cadillac por la ruta 66, ni soñé con pedir tartas de queso con arándanos en un motel en que una despampanante y rubia camarera me pusiera un café, negro como la noche, vestida de uniforme rosa y una chapa que rezas Nancy en letra dorada.
Nunca he querido ser agente o corredor de bolsa. O deportista. O militar. Nunca he creído en el Servir y proteger, los donuts, la comida rápida, los interminables rascacielos de Manhattan. Ni vivir acomodado en Frisco. Ni ser actor, vivir en Hollywood, salir en prensa rosa del resto de un mundo que contempla mi país como lo más insigne de un Imperio Romano.
Y sin embargo, lo compré.
Lo compré cuando vi La Princesa Prometida por primera vez. Cuando me reía viendo Dirty Dancing con mi hermana en el salón y cantábamos con Patrick Swayze de fondo.
Lo compré con Kevin Costner y su Robin Hood y cada beso que le dio a su Marian. Lo compré hasta con el cine independiente cuando terminé con Buffalo 66 y no me pareció una historia de locos. O con la Guerra de los Rose y aquel momento en el que Michael Douglas, justo antes de morir, le daba a Kathleen Turner la mano. Incluso con Indiana Jones y su millón de escenas de héroe fanfarrón con su sombrero y látigo.
Sin darme cuenta me creí que la vida era un poco así. Una historia especial, un gran amor, unas dificultades. Y ya podían pintar alrededor diez mil adornos en forma de balas, mafiosos, bombas nucleares, un pasado atormentado o una falta de memoria, un tonteo con las fuerzas del mal o un paisaje simplemente desordenado que daba igual.
Que no importaba cuánto hubiera que saltar en traje y zapatos, llegaría. Que tendría una escena perfecta bajo la lluvia en un portal. Que el amor podría llegar a ser un poco más que un par de besos robados.
Todo me daba igual porque la clave estaba ahí. Ser alguien al que se pudiera recordar. El especial. Incluso el raro. Bastaba con tener las cosas claras e intentarlo un poco más. Porque es en la desesperación en la que los auténticos héroes salen victoriosos. Porque de las historias cotidianas nadie puede llorar emocionado con el final. Porque en el cine las cosas acaban bien, y ese exactamente había sido el sueño que había comprado.
No le salió mal a Jason Bourne, ni a Indy, ni a Peter Parker. Incluso Carlito Brigante, a pesar de morir, lo hizo con tal sentido poético que dejaba el episodio hermosamente cerrado.
Para qué tener las cosas fáciles, para qué no luchar. Es mi película, pensaba. Y acabaré ganando.
Pero llega un momento en que te paras a pensar, y dejas de creerte que saldrás airoso cada vez que intenten atracarte. Que te curarás de toda enfermedad que contrajiste en un viaje por África en el que fuiste simplemente demasiado descuidado. O que la chica de tus sueños acabará sus días escuchando tus poemas en la oscuridad, tan cerca del oído que lo roces con tus labios.
Llega un momento en que hay que darse cuenta de que no se puede construir el mundo a base de ilusiones y poemas y pequeños tesoros que regalar; porque a tu alrededor la gente ya no cree que puedan vestirse los amaneceres de un color extraño. Que se pueda soñar con alguien con quien nunca se ha encontrado y saber exactamente cada giro que su voz pueda llegar a dar. Que pierdes el tiempo cuando tratas de convencer a alguien de por qué después de meses sigues con el corazón acompañándole en su sombra a todos lados.
Nadie cree ya en la magia infantil de un Peter Pan. Nadie sueña con un reencuentro como el de Finnegan y Estella al final de Grandes Esperanzas. Son sólo buenas historias con las que sonreír y recordar; pero tarde o temprano llega un punto en el que aquellos que qusieron comprar su Cadillac descubren que no había posibilidad. Y que por cada Jason Bourne o Indiana Jones o Finnegan o Estella o Westley o Buttercup hay tanta gente que no es otra cosa que normal que deja el sueño de lado.
Y yo, tonto de mí, aún me veo en cámara impersonal escribiendo a media luz mientras la lluvia cae en el tejado y, de fondo, alguien toca el piano.
