Aves Nocturnas

Bubo Bubo

Acostumbrábamos a sonreirle al naranja de las farolas, dejábamos que nos llevase de la mano aquella sensación desdibujando las esquinas de las calles y las piedras que pisaban nuestras botas. Perdíamos ambos la razón besándonos fugaces a la sombra de cualquier portal a ojos cerrados y con las manos, siempre atentas, moldeándonos la espalda.

Fueron tiempos fugaces para tan escasas horas. Tú sabías que se nos habían escapado de las manos antes de que yo me hubiera dado cuenta de que se acercaban y, quizá por eso, cada vez que nos perdimos en una masa informe de labios y cuerpos fue una despedida que no supe ver.

Para mí empezaba el mundo cada vez que se te abrían las pestañas al parpadear. Para ti cerrar los ojos era el símbolo de un sueño que se agotaba.

No nos hacía falta nada más que el cielo oscurecer, y desplegábamos las alas.

Aún parece que fue ayer, y mientras espero a que llegue mañana con sus farolas y sus sombras y sus luces y sus manos que encontraban cielos donde se esperaban piel, busco en silencio aquella silueta recortándose por las esquinas y las piedras que nos vieron desaparecer.

Y aunque a este oído sólo llegan los ecos de la sombra de un recuerdo que pasea por mi espalda, mis ojos se pierden cada noche en esta oscuridad, sobrevolando calles y tus labios sin pensar que cada paso busca un rastro que no volverán a ver tus alas.

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