Nunca sabré qué viste, y qué no supe darte. Se me escapan sin remedio los recuerdos, no de la forma en que perece o se transforma la memoria cuando la buscamos disfrazados de la más oscura soledad si no de aquella otra más perversa, de tinte callado y firme, que hace que se desdibuje el cuadro de tu rostro o de tus manos o tu risa o tu calor y te convierte en una furia de retales que ya no eres tú, si no los ecos de un contorno de unos labios o aquellas pupilas casi siempre enormes en tus ojos, y para buscarte he de esforzarme por recomponer, como aquel que encuentra los despojos de una flor, tu imagen recorriendo cada uno de aquellos trozos, cada pétalo que nunca acabo por poner en su lugar y que te deja deformada y triste, una flor seca en el salón, una fotografía que envejece, amarillea y pierde nitidez.
Y sin embargo estás allí en alguna parte y ese simple argumento es sin dudarlo el punto más difícil. El saber que estás pero que ya no tanto, ya no aquí salvo en el pecho roto que te busca y recompone como una oración, cada retal y cada flor y que agotado busca en un sollozo el alivio sutil de darse por vencido, de dejarte marchar y emborronarte en un paseo inevitable hacia el olvido, el saber que nunca volverán las fotos a colorearse, los retales a formar de nuevo un gran telar o la memoria a poder encontrarte como fueras justo antes del final, completa y fascinante, tangible y no como un espíritu difuso que se pierde allá a lo lejos o si tal vez sea acá la lejanía como aquel problema del viajero de tren que siente que es el mundo el que se mueve y no al revés, que ve cómo a su alrededor viajan los árboles y el tiempo. Y acaso la duda de ser yo el viajero del tren o aquel que queda en el andén sea en sí mismo lo más triste. Que la física (aquella de los cuerpos que por un lado se atraen o se repelen en función de su campo magnético) depende de si somos la estación o la cafetería del tren, pero su resultado matemático es inevitable y se llama distancia y se llama creciente y se resume en un número sobre un papel y acaso sea ya una cifra demasiado grande.
Nunca sabré, decía, qué fue lo que viste o qué no supe darte. No puede resolverse como la matemática precisa de este olvido atemporal, no hay ecuaciones que describan esa física de cuerpos que se alejan y se atraen, no hay un papel o un número exacto al que quitar o poner si el resultado no nos gusta por pequeño o demasiado grande. No hay una cuenta sobre la que hacer balance de un tú y yo, sólo un silencio sordo y también enorme y aterrador como los grandes miedos que son siempre indefinidos y por tanto inabarcables, como el miedo al olvido o a la soledad en la vejez y así pasan los días y se muere cada instante, cada pétalo, cada detalle, cada voz.
Y si me esfuerzo por recordarte, no de la forma en que se acuerda el corazón (que nunca olvida) sino de aquella que consiste en visitarte con los ojos o los dedos o el olor, no queda mucho ya con que atraparte y lo lamento tanto, amor, porque te busco pero salvo en el corazón, no tengo forma de encontrarte.